jueves, 7 de enero de 2016

Escenas Míticas: Saga Rocky - Rocky II




   Realizar una secuela era inevitable. “Rocky” había dejado las arcas llenas y al público expectante. Había llegado para quedarse, había anidado en los corazones de los espectadores, ávidos de nuevas hazañas, de emocionarse de nuevo y de ver desarrollarse al personaje.



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   Sylvester Stallone volvió a ocuparse del texto y esta vez también se colocó tras la cámara, además de delante de ella. Por cierto, bastante merito el de protagonizar, dirigir y escribir una película con tan poca experiencia, algo que muy poca gente o ninguna se paró a pensar. No estaba mal para alguien que solo resaltaba por su físico.


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   Stallone sabía que el personaje debía ir por la misma línea de sencillez y humildad que ya había conquistado al respetable, pero también era consciente de que debía de ofrecerle algo más. Su guión explotaba más eficientemente la capacidad dramática de Rocky/Stallone, ofreciendo momentos muy emotivos en cuanto a su relación con Adrian o su entrenador Mickey.


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   Además, Stallone se permitió el lujo demostrar un poco de crítica social en relación a una situación que le estaba ocurriendo a él en la vida real y que se plasmó en el personaje haciendo que ambos la sufrieran paralelamente. Me estoy refiriendo a la sobreexplotación de las estrellas emergentes. Personas venidas de abajo que de la noche a la mañana se convierten en figuras comerciales y mercantilizadas, rodeadas de merchandising sobre su propia persona y que deben ser capaces de asumir esa abrupta fama.


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    Sylvester se lo tomó tan en serio que en su entrenamiento llegó a lesionarse de gravedad en uno de sus pectorales, lo cual paralizó el rodaje durante semanas. Por lo demás, todo el reparto se repite pues todos los personajes de la película predecesora continúan. Desde Adrian (con la parte más emotiva de la película), Apolo (quien volvería a ser su rival en el ring), Mickey (que llegaría a tratar a Rocky como más que un pupilo), hasta el mismo Pauly.


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    El film costó un poco más que la primera parte, 7 millones, y volvió a recaudar alrededor de los 200, es decir, otro éxito incontestable de taquilla. La crítica ya no la ensalzó tanto, pero ya daba igual, el público amaba a Rocky.


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   Lo que sí tuvo claro Sly es que tenía una deuda pendiente con el espectador. Estaba muy bien ser el gancho moral del combate final. Pero la gente quería una revancha contra Apolo, ganarle en el cuadrilátero, que suponía el “triunfo” total del pequeño contra el grande.

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