Otro de los personajes míticos mil veces adaptado al cine y también a la televisión (recientemente se ha hecho otra serie la cual ha sido renovada para una segunda temporada). Al menos hay unas 38 versiones entre ambos medios, y de todas ellas esta es mi favorita. Me parece la más divertida. La que más se acerca al tono de cuento o fábula, quizá por contener esos elementos fantásticos.
De hecho, gracias a su tratamiento de los paisajes naturales, a su fotografía (presencia de la niebla) y cierto aire de mundo mágico, se le llegó a considerar la “Excalibur” de Robin Hood. También por los paralelismos entre sus protagonistas. Porque, al igual que el Rey Arturo, no hay ninguna constancia de la existencia de Robin de Locksley, quien ni siquiera tenía un origen literario.
Sino que nace del folclore inglés generado alrededor de los siglos XIII y XIV por los canciones de juglares y trovadores. La teoría más aceptada y también más plausible es que Robin Hood estuviera inspirado en la combinación de varios forajidos de la época, que como otros tantos héroes mitificados, no eran tan honorables como se les retrataba.
Muchos actores se han metido en la piel del que se decía que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Desde los clásicos Douglas Fairbanks y Errol Flynn, pasando por Sean Connery, y por una versión paródica con Cary Elwes en “Las locas aventuras de Robin Hood”, de Mel Brooks, solo dos años después de la de Kevin Costner, hasta los más recientes de Russell Crowe, Taron Egerton o la de este mes de Hugh Jackman.
Incluso ese mismo año de “Robin Hood, príncipe de los ladrones”, 1991, se estrenó otra película sobre el personaje protagonizada por Patrick Bergin. Que fue totalmente opacada por esta, la cual se convirtió en una de las películas más taquilleras de ese año, recaudando 390 millones de dólares, habiendo invertido en ella 48. Además, de ser un éxito en el posterior mercado de alquiler.
Le gustó más al público que a la prensa especializada, que mezcló más las críticas positivas y negativas, aunque predominaban más las primeras. El que se llevó la peor parte fue el propio Kevin Costner por su acento norteamericano. Quien quiso forzar el inglés pero no convenció el director, Kevin Reynolds,
A Costner le acompañaron Mary Elizabeth Mastrantonio (que tuvo que sustituir in extremis a Robin Wright por su embarazo), Morgan Freeman (a nadie le importó que se eligiese a un actor afroamericano, es más, fue uno de los favoritos del público), Christian Slater y Michael Wincott. Y Sean Connery realizó un cameo de un par de minutos como Ricardo Corazón de León, por el que cobró 250000 dólares.
Pero quien se robaba la función, incluso parte del protagonismo de Kevin Costner, fue un impagable Alan Rickman, quien solo aceptó el papel de villano cuando le aseguraron la libertad para interpretarlo, lo cual hizo de forma un tanto paródica. Su trabajo incluso le reportó una nominación al Bafta como mejor actor de reparto.
Tras la cámara estaba Kevin Reynolds, que volvió a contar con el otro Kevin, Costner, desde su debut para el cine en la comedia “¿Dónde dices que vas?”. Reynolds se especializó en películas de aventuras, como en la infravalorada “Waterworld” (también con Costner), “Rapa Nui” y “La venganza del Conde de Montecristo”. Y, por supuesto, “Robin Hood, príncipe de los ladrones”.
En todas sus colaboraciones con Kevin Costner mantuvieron tensos enfrentamientos, lo que no impidió una cuarta en la miniserie western “Hatfields y McCoys”. De hecho, entre ambos hay una amistad que se remonta a los inicios del director. Y como en toda relación, hay peleas, quizá por aquello de “la confianza da asco”.
El éxito comercial de la película revitalizó el cine medieval y basado en leyendas clásicas, abriendo el camino a títulos posteriores como “El último mohicano” o “Braveheart”. Existe una versión extendida con doce minutos más de metraje. Y la canción de Bryan Adams para la película fue todo un éxito, fue nominada para el Oscar, aunque no lo ganó.

