Que raro es ver un biopic como este hoy en día sobre una estrella de la música. De hecho, cuando estamos a las puertas del casi estreno del correspondiente a Michael Jackson, ha trascendido que se vieron obligados a eliminar ciertas partes del montaje final, probablemente evitando entrar demasiado en polémicas, bastante cuantiosas, por cierto, en la historia de este cantante.
Porque el mito no solo es su apartado musical. Estamos hablando de personas con tal trascendencia pública que su vida personal privada, sus excentricidades, sus escándalos, son indivisibles de su parte musical, de su aspecto profesional. El mito es todo, y todo es mito. Sin embargo, hoy en día nos encontramos con biopics sobre cantantes, bastante descafeinados, blanqueados.
Los grupos musicales originales y los familiares poseen tal control sobre el resultado final que los que pretenden realizar un retrato fidedigno de lo que fue la figura del correspondiente cantante, tienen las manos atadas y se ven obligados a pasar de puntillas sobre las principales polémicas de ellos, que todos sabemos que sí pasaron, por mucho que nos las quieran minimizar.
De tal manera que cuesta creer que muertes con finales tan oscuros como los de Amy Winehouse, Whitney Houston, o Freddie Mercury, profundamente marcados por la tragedia en la vida real, queden difuminados en las películas que se han hecho sobre ellos, que parecen más homenajes que verdaderos retratos de sus vidas. Probablemente por ello no termine de concretarse el de Madonna.
No es lo que estaba dispuesto a asumir Oliver Stone cuando aceptó encargarse de adaptar la historia de uno de los grupos más influyentes de la música moderna, y más en concreto de la de su principal figura, su vocalista, Jim Morrison. De tal manera que aunque varios integrantes de los Doors ejercieron como consejeros, Stone hizo realmente lo que le dio la gana.
Retratando a Jim Morrison como poco menos que un psicótico, incidiendo en su abuso del alcohol, las drogas y el sexo. Prácticamente no hay ni una escena en la que el cantante no vaya colocado o borracho. Lo que le valió no pocas críticas, del propio grupo de los Doors y de los seguidores, y a la prensa cinematográfica la dividiría, predominando los comentarios negativos.
Poco le importó a un Oliver Stone en el mejor momento de su carrera, con dos Oscars ya bajo el brazo, tres si contamos el de guionista por “El expreso de medianoche”. Que en su repaso de la historia moderna de Estados Unidos, venía de firmar “Platoon”, “Wall Street” y “Nacido el 4 de julio”. Y que tras “The Doors”, realizaría la que considero su mejor película, “JFK, caso abierto”.
No volvería a alcanzar el nivel de estos títulos aunque sí dirigió películas tan reseñables como “Asesinos natos”, “Nixon”, “Giro al infierno” o “Un domingo cualquiera”. Sin embargo, lleva prácticamente los últimos diez años haciendo documentales, cuando ya cuenta con 79 años. Ojalá vuelva a dejarnos alguna película más de verdad.
Para el papel de Morrison se barajaron nombres como los de Tom Cruise, Johnny Depp, John Travolta o Richard Gere, pero el elegido fue uno no muy conocido por aquella época, Val Kilmer, aunque ya había hecho “Top Gun” y “Willow”. Sería precisamente “The Doors” quien lanzara definitivamente su carrera como actor. No sería la única vez que encarnase a una leyenda de la música. Se puso en la piel de Elvis Presley en “Amor a quemarropa”, aunque eso fue más un cameo. Su interpretación fue lo más destacado de una película que económicamente fue una decepción. Costó 32 millones de dólares y recaudó solo 34.
Pero no fue por culpa de Kilmer, que estuvo casi un año viviendo como Jim Morrison, visitando sus lugares emblemáticos, hablando como él. Se aprendió 50 de sus canciones e interpretó con su voz 15 de ellas para la película. Incluso los integrantes de los Doors declararon que no podrían diferenciar su voz de la de Morrison. Le acompañaban en el reparto Meg Ryan, Kyle MacLachlan, Kevin Dillon, Michael Madsen, Kathleen Quinlan o Michael Wincott.

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